Tras un silencio algo prolongado, Maximina y Marisa no hablaron más del tema, pues Mía ensució su pañal y la más joven debió entrar a cambiarla.
Maximina, por su parte, se quedó afuera, sentada en una banca cómoda que le permitía ver directamente a la pequeña capilla donde descansaban los restos de los que ella más amaba.
Esa casa era lo que quedaba de una hacienda colonial, por eso tenía el templito que los que vivieron en el lugar usaron por muchos años, y que se había quedado así por respeto