Marisa suspiró, sentada en un sillón en la penumbra de su sala.
Esa mañana, ella había salido temprano al trabajo y, en el lugar, se encontró con Maximiliano, que había rentado el salón multieventos para una capacitación a sus nuevos empleados, así que, aunque de pronto no sabía qué hacer con sus manos, que las últimas dos semanas se la pasaron abrazando a una pequeñita, no sintió que los extrañaría tanto.
O eso fue lo que pensó hasta que llegó a su casa y la encontró vacía. Marisa sabía que er