A la distancia, la joven que entregó las flores apenas había dado unos pasos cuando una sombra se interpuso en su camino. Ernesto, vestido de negro, con su postura rígida y su expresión inescrutable, la observó con intensidad.
—Soy el guardaespaldas de la señorita Olivia. ¿Quién te dio esas flores? —su voz era firme, sin espacio para rodeos.
La chica sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sus manos se crisparon alrededor de la correa de su mochila.
—U-un chico de la universidad… —murmuró,