55 - Sospecho de todos.
La mañana siguiente, desperté al lado de mi hija. Sentí que sus manitas me acariciaban el cabello, por lo que, cuando abrí los ojos, la encontré mirándome, con una sonrisita tierna en el rostro.
—¿Cómo estás? —pregunto, enderezándome en mi lugar, para tacar sus mejillas, que han perdido su color habitual.
—Me siento cansada —susurra. Tiene la voz rasposa, talvez por la garganta seca.
—¿Quieres agua? —Me apresuro a ponerme de pie y servir en el vaso, el líquido vital, para después ayudarla a b