Cuando llegamos a la casa, no me importó en lo absoluto dejar atrás a Ismael. Subí por las escaleras, como si no hubiera un mañana, y me adentré a la habitación de mi hija, como si mi vida dependiera de eso.
Se encontraba dormida, y el corazón volvió a mi cuerpo. Me quité los zapatos, y me acomodé a su lado; sin embargo, ella parecía no respirar, y eso, me aterraba.
Comencé a mecerla, y tratar de escuchar su respiración.
—¡Ismael! —grité, mientras buscaba su pulso. Lo sentí, pero muy bajo—. ¡Is