Sara no tenía ni idea de qué le había pasado, pero antes de pensarlo dos veces, le dio un golpe en la mejilla. Lo vio llevarse una mano a la cara y luego sonrió, aunque por su expresión se notaba que no le hacía ninguna gracia que le hubiera pegado.
Sara ya no se entendía a sí misma. No era una persona violenta, y desde luego nunca pegaba a nadie. ¿Qué tenía ese hombre que la hacía perder el control? Sus sentimientos y deseos se descontrolaban cada vez que estaba cerca de él… ¡y por Dios, acaba