Ori esperó en la esquina de una avenida poco transitada, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. No sabía si era la rabia, la humillación o la tristeza lo que la mantenía de pie, pero lo único que tenía claro era que no iba a dejarse vencer.
Las luces de un auto iluminaron su silueta y, segundos después, se detuvo frente a ella. La ventanilla se bajó y apareció el rostro de Damián, su mejor amigo, con el ceño fruncido por la preocupación.
—¿Qué demonios pasó? —preguntó apenas Ori se