Las ráfagas de disparos quebraron la frágil paz que aún quedaba. Gabriela, con Ori apretada contra su pecho, corrió junto a su madre y su tía, buscando refugio desesperadamente bajo las camas. Pero el llanto desesperado de la pequeña fue su perdición.
—¿De verdad pensaron que podían esconderse? —La voz grave y burlona de uno de los hombres llenó la habitación. Sus ojos oscuros, carentes de humanidad, se clavaron en ellas como cuchillas. Lentamente, levantó su arma, apuntándola directo a la cabe