39. No conozco los celos
39. No conozco los celos
Ava apretó la mandíbula, sus manos se cerraron en dos fuertes puños. Sus uñas hirieron la palma de sus manos, pero no le importó; su mirada era una daga venenosa dispuesta a matar.
—Cumplan la orden de mi padre —pidió Bella, despachando al servicio, levantándose de la silla—. ¿Qué era lo que pretendías dejando una marca en la camisa de papá? —preguntó, deteniéndose justo detrás de la mujer.
—Ahora no, Bella —espetó Ava, conteniendo la ira que burbujeaba en su interior. N