MARCOS SAAVEDRA
Llegamos corriendo hasta orillas de la finca, todos los trabajadores veían como su hogar se convertía en cenizas. Las más cercanas a las llamas eran Rosa y la abuela, quien lloraba desconsolada.
Héctor corrió hacia ellas, angustiado principalmente por Rosa, a quien limpió el hollín de las mejillas. —¿Estás bien? —preguntó en un susurró y ella asintió, pero su semblante aún demostraba angustia.
—Katia y Lisa siguen adentro… —Rosa buscó mi mirada, suplicando en silencio que entra