39. Felicidad que se desvanece
Se había levantado cuando de afuera los sonidos escuchados la hicieron recuperar la conciencia, adormilada. María Teresa sentía la garganta seca, retornada a la realidad. Se tocaba la cabeza, confundida. Un lugar distinto. Dolía la cabeza, también los huesos, todos.
—¿En dónde estoy…? —susurró, divagando en la realidad y en la nueva sensación.
Se levantó. Apenas caminó y volvió a caer de rodillas. Mareada todavía, gateó hasta la primera puerta que vio. La abrió. Una sola. Sólo notó una sola.