36. La señorita Amanda
Apenas se sienta en su cama, María Teresa sonríe, tocando sus labios, tocando su cuello, donde había quedado aquellos tiernos besos. De ahora en adelante, estaba pérdida, pero pérdida en ese deseo y ese querer que comenzaba a brotar en su corazón.
—Eres una tonta, María Teresa —se murmura—, al poner tus ojos en ese hombre…—vuelve a sonreír, cerrando los ojos—, que te hizo sentir como nunca nadie lo había hecho.
Tiene que quitarse todo, desmaquillarse bien. En cualquier momento Rosario la vendrí