— Mejor cállate, Alina —dijo Lucía, sintiendo el calor subirle a las mejillas, aunque fuera de irritación—. No voy a compartir cama con él. Y su belleza es lo único que tiene, porque de simpatía tiene lo mismo que un cactus. Voy a terminar de preparar mis cosas.
Veinticinco minutos exactos después,