Vincent salió del coche primero, su presencia dominando el tranquilo aire de la tarde como siempre lo hacía: alto, sereno, inquebrantable. Pero cuando sus ojos encontraron los míos por un breve segundo, capté esa suavidad secreta que solo yo podía ver. Le hizo a mi madre un respetuoso saludo con la cabeza.
—Buenos días, señora.
El rostro de mi mamá se transformó al instante; años de preocupación se derritieron en pura alegría.
—Oh… Vincent.
Lo envolvió en un cálido abrazo, del tipo que solía da