Me quedé congelada, con la mente hecha un caos de pánico y confusión.¿Cómo se suponía que iba a explicar esto?La empleada se acercaba hacia nosotros, con los ojos afilados y curiosos, clavados en mí como si hubiera descubierto algo que no debía.Antes de que pudiera reaccionar, su voz cortó la tensión.—Después de lavarla, tráela de vuelta —dijo Vincent con naturalidad.Me giré hacia él, atónita. Por un segundo, el alivio me inundó. La opresión en mi pecho se aflojó.Casi olvidé que era el CEO.En ese instante, se sintió menos como una figura poderosa y más como un escudo silencioso plantado entre mí y la tormenta.—Sí, señor —respondí rápido, tomando la llave de su mano.Nuestros dedos se rozaron brevemente. Ese pequeño contacto me envió una descarga inesperada: nada dramático, solo conciencia.Se marchó sin mirar atrás.La empleada se acercó de inmediato, con una expresión llena de incredulidad.—¿Acaba de pedirte que laves su motocicleta? —preguntó.—¿Q-qué? —tartamudeé.Ella neg
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