Ocho horas.
La cirugía ya llevaba ocho largas horas y todavía no había noticias.
Intenté concentrarme en mi trabajo, pero mi mente no me dejaba descansar. Cada pocos minutos miraba hacia el quirófano, con el corazón apretado por la preocupación. El señor Vincent no había salido. Mira tampoco había salido.
Entonces, por fin, escuché mi nombre.
—Juliet…
Me giré.
El señor Vincent estaba allí, todavía con su ropa quirúrgica, con aspecto exhausto. Su rostro era inescrutable.
—Está bien ahora —dijo en