En el momento en que vi el nombre de Dora iluminándose en su pantalla, algo dentro de mí se retorció con fuerza.
No era rabia.
No exactamente celos.
Solo… un dolor frío y penetrante que se extendió por mi pecho como agua helada, robándome el aliento.
No quería que contestara.
Infantil.
Sabía que era infantil.
Pero esto eran celos —crudos, silenciosos e imposibles de ignorar.
Contestó de todos modos.
Sus ojos nunca abandonaron los míos.
Su mano seguía descansando cálida y posesiva en mi cintura