El jardín trasero de la mansión Castiblanco vestía su mejor gala. Una treintena de meseros se afanaba en extender los pliegues de los manteles blancos que cubrían las noventa mesas que, pronto, serían ocupadas por casi cuatro centenares de invitados. La cocina había estado activa desde la noche anterior, en donde tres chef, igual cantidad de sous chef y veinte cocineros se esforzaban por preparar sus mejores platos, sopas, entradas, ensaladas, postres y confites. La cava de licores estaba a reb