CONNOR
—No sé tú, pero yo tengo un hambre de los mil demonios. Nada como un buen revolcón para abrir el apetito.
Hablé mientras nos vestíamos en el consultorio, y después de hacerlo, una expresión de conflicto cruzó el rostro de Megan mientras abrochaba su sostén por la espalda.
—Ahora no me digas que estás teniendo dudas —dije, poniéndome uno de mis caros mocasines italianos.
—No es eso —respondió—. Es… no sé. Necesito ducharme y cambiarme, estoy toda sudada.
No podía decidir si decía la ver