Pasé la yema de mi pulgar por su labio inferior, despacio y deliberado.
—No diré ni una palabra hasta que me expliques quién era ese tipo, el que te plantó ese beso.
—¿Eso? —Ella inclinó la cabeza, con los ojos agudos—. Eso no fue un beso. Fue un beso en la mejilla. Se llama Tig. Quedó conmigo para un desayuno temprano.
—¿Un amigo?
—Un amigo muy casado. Su esposa es una de mis mejores amigas.
—¿Entonces dices que no pasa nada entre ustedes?
—Nada —Sus dedos se llevaron a la boca, probablemente