Sonidos de exclamaciones inundaron el lugar. La mano que sostenía la copa del vino estaba temblando. Los ojos de la dueña de la mano estaban llorosos. Su pecho subía y bajaba, agitada por la rabia y la adrenalina que estaba sintiendo.
El novio abrió los ojos más de la cuenta, tomado por sorpresa. Ni siquiera hubo indignación en sus expresiones, cosa distinta al resto de los presentes, incluida Clarissa. Nadie esperó ese comportamiento por parte de la invitada de la que, en primer lugar, ni siqu