Habían pasado tres días desde el suceso. La casa, por ende, estaba tan silenciosa que el castaño ni siquiera podía soportar estar ahí.
La verdad era que las únicas veces en las que veía a Ciabel y a Ciro era cuando bajaban a comer. A veces incluso comían en el cuarto.
Estaba al tanto de que Ciro había estado más sensible desde ese momento, pero también la pelinegra. Se notaba en su rostro, la manera en la que parecía perderse en sus pensamientos cuando veía a un punto en específico. Le preocu