La observó, ahí recostada en su cama con las mejillas rojas y los labios un tanto hinchados.
Se sentó a su lado y recorrió su cuerpo con los ojos. Se dio la libertad de admirarla de esa manera, con deseo.
El sonido de los gemidos que había soltado ahí en la terraza no se borrarían de su mente por un buen tiempo y en verdad quería que repitiera esa melodía para sus oídos.
Colocó su mano sobre el muslo de ella.
—¿Cómo te sientes? —preguntó. Su voz estaba más gutural de lo normal.
—Sigo procesando