Raul lo miró con determinación.
—¡Esto es el fruto del trabajo del señor Méndez!
Samuel soltó una risa baja y se acercó a Raúl, levantando la mirada.
En esos ojos marrones había una sombra gélida que helaba la sangre.
Habló con voz carente de emoción:
—¿Alejandro no está muerto ya?
El corazón de Raúl saltó ante su expresión,
—A-aunque sea así, ¡tú no puedes ocupar el lugar del señor Méndez! Después de todo, no eres un Méndez, no tienes derecho a heredar.
—¿Es así?— Samuel rio suavemente.
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