Después de un rato, las manos de Mariano cayeron débilmente a su lado, y quedó mirando fijamente hacia algún lugar, sin poder reaccionar.
Una ola de dolor silencioso se extendió por todo su ser.
Jaime, al ver esto, suspiró.
—Mariano, por favor, ayúdanos.
—¿Quién es el culpable?— Mariano preguntó con voz apagada.
Los labios pálidos de Jaime temblaron.
—Debe ser Samuel.
—Samuel...— Mariano se rio con desprecio impotente. —Ya lo sabía, ese tipo no es simple. ¡Ahora ha matado a tantas personas!
Ja