Alejandro extendió lentamente su mano, apartando algunos mechones de cabello que caían sobre la frente de Ximena.
Su voz era suave pero ronca:
—Me gusta mucho cuando dejas de lado todas tus defensas y puedes hablar conmigo con tranquilidad.
Ximena lo miraba atónita, su corazón latía fuertemente por sus palabras.
Sus dedos frescos rozaron su piel, llevándose consigo toda su lucidez y cordura.
Ella movió los labios, intentando romper el silencio incómodo con alguna palabra. Pero no pudo emitir ni