Simona se encogió de hombros cuando Mariano la regañó. Sabía que había cometido un error, así que no discutió con él. Se volvió hacia él y trató de calmar la situación.
—Mariano, si traes a un amigo, no necesitas gritarme. Podemos resolver esto más tarde. ¡Por ahora, déjame atender a tu amigo!
Mariano respondió:
—No te preocupes por él, puede cuidarse solo.
Simona murmuró para sí misma:
—¡Pero también tengo mi dignidad! ¿Cómo te atreves a regañarme delante de tu amigo como si fueras mi padre.