Ximena y Simona se miraron y se dirigieron hacia el reservado sin tener la costumbre de escuchar conversaciones ajenas. Sin embargo, apenas habían dado unos pasos cuando las palabras de Alejandro las detuvieron en seco.
—¿Estás embarazada?
La voz ronca de Alejandro resonó con asombro. Manuela asintió con aparente inocencia.
—Tengo un mes, Alejo. No quiero usar el bebé para presionarte a comprometerte conmigo. Si no me quieres, puedo abortar.
—No es necesario —respondió el hombre con frialdad.
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