—¿No necesita alguien aquí para vigilar a la señorita Pérez?— preguntó Eduardo nuevamente.
La puerta del ascensor se abrió. Alejandro salió a grandes zancadas. —Que venga Seba a vigilar—dijo.
—Eso está hecho, don Alejandro— respondió Eduardo.
Diez minutos más tarde.
Alejandro llegó a la puerta de la comisaría del Municipio Fulana.
Al entrar en la comisaría, Alejandro vio de inmediato a Mariano con la cabeza gacha y el rostro magullado.
En otro rincón estaban los tres hombres que habían peleado c