En ese momento, en la antigua mansión de los Méndez.
Liliana estaba acurrucada en los brazos de Nicolás, sin poder dejar de sollozar.
Por otro lado, Nicolás, con una compostura que no parecía de un niño de cinco años.
Don Ramón cada vez más sorprendido y encantado, pensó que si este niño era realmente hijo de Alejo, tendría que quedarse a su lado para ser bien educado. ¡Cuando creciera, sin duda sería una figura imponente!
Don Ramón, sin poder ocultar el cariño en sus ojos, preguntó:
—Pequeñín,