Las palabras de Mariano cayeron en oído sordo.
Alejandro, con el rostro ensombrecido por la preocupación y la angustia, se giró lentamente, alejándose de la puerta de la sala de parto. Sus pasos pesados lo llevaron hasta una silla cercana en la sala de espera. Se desplomó en ella, sintiendo como si el peso del mundo descansara sobre sus hombros.
Con un suspiro profundo y tembloroso, apoyó la frente en sus manos entrelazadas. Sus dedos se entrelazaron con tanta fuerza que los nudillos se tornaron