I

siendo niño. Correría por un parque enarenado, seguido de dos o tres profesores. Y él, Gregory Calhoun, había corrido por mal cuidadas calles de un suburbio de Los Ángeles, sin profesores, rompiendo cristales porque le venía en gana y burlándose de los niños que vestían trajecitos de terciopelo con cuello de encaje. Y ahora, aquellos niños que ya eran hombres, le suplicaban a él. A él, que nació en una casucha junto a un padre borrachín y una madre lavandera que no abría la boca, que no soltase un juramento. En verdad resultaba gracioso.

—Le suplico… por lo que más quiera.

—Jamás quise algo determinado, —sonrió Gregory con flema.

—Estoy esperando a querer algo, para atraparlo.

—No bromee usted…

Gregory siempre se preguntaba cómo había llegado él a donde llegó, si nunca tuvo ambición para llegar a parte alguna. Estudió por curiosidad, porque le gustaba saber, y más tarde, porque vio que con aquella ciencia se ganaba dinero. Su padre había muerto a causa del alcohol, y a su madre la ahogó tanta imprecación, y él, era ya millonario. Se había hecho famoso y tenía tres coches, servicio numeroso, un palacio de ensueño y mujeres generosas que le hacían la vida más amable. Pero, por ser famoso y médico, a veces tenía que dejar a un lado su tara de hombre encumbrado súbitamente, para aparentar una educación que no le cuadraba. Él era un hombre de acción, era médico como pudo ser pintor o escultor, pero se iba puliendo poco a poco. Pero a él le gustaba ser como era y quisiera o no, le admitían con todos sus defectos y cualidades que no eran muchas, excepto la de su ciencia, que nacía de lo hondo, de su interior, y cuya magnitud no conocía aún con exactitud, ni siquiera él mismo.  

—No visito a mis enfermos —dijo, rudo—. Han de ser éstos los que acudan a mi clínica. No me es posible perder tiempo.

—¿Jamás lo hizo usted?

—Cuando empecé mi carrera, allá en Los Ángeles, aquí, en nueva York, no; nunca he visitado a domicilio. Lo siento, señor Ardrich. Y franqueó la puerta de su casa con la mayor indiferencia. Richard apretó los puños y se fue maldiciendo a los hombres de ciencia que, como aquél, sólo tenían en cuenta su comodidad y su rutina. Sin regresar a su casa marchó a la de su abogado. Quizá éste pudiera hacer algo en aquella cuestión. La expuso el caso y el abogado se llevó los dedos a la frente.

—Conozco a una dama, que es íntima amiga del doctor Calhoun. Le hablaré hoy mismo de usted y mañana le llamaré por teléfono. Quizá por este lado consigamos algo.

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