Lejos del caótico ajetreo de São Paulo, el ambiente en la comisaría de Campo Alto era tenso. En el despacho del comisario Amaral se amontonaban los expedientes, había mapas extendidos sobre la mesa y en una pizarra blanca se veían conexiones tachadas con rotulador rojo.
La puerta se abrió de repente.
El investigador Dias entró con paso rápido, sosteniendo una carpeta azul.
— Comisario, han llegado los resultados —anunció con un tono que mezclaba emoción y preocupación—. Y creo que querrá ver es