En cuanto Ricardo aparcó en el aparcamiento subterráneo del hospital, el móvil volvió a vibrar sobre el salpicadero. Cerró los ojos por un instante, respirando hondo, como quien intenta contener un peso incómodo en el pecho.
Miró la pantalla: Vanessa, otra vez.
Era la tercera llamada desde que salió de la reunión. Deslizó el dedo por la pantalla y adoptó un tono suave:
—Hola, cariño.
—¿Dónde estás? —la voz de Vanessa sonó aguda, impaciente—. ¿Por qué tardas tanto?
Ricardo apretó el volante con