La coraza se derrumbó en ese mismo instante.
Fernando se llevó una mano a la cara, luego a la mesa, apoyándose en ella. Su pecho jadeaba. La respiración pesada, irregular. La garganta cerrada como si se estuviera ahogando.
—Lo que he hecho… —murmuró, casi sin sonido.
Sus ojos, hasta entonces de una frialdad implacable. Tiró de la carpeta hacia sí con brutalidad, como si quisiera romperla, destruirla, negar lo que acababa de pasar.
Pero no la rompió. Solo miró su firma.
Cerró los ojos con fuerz