Natalia siguió a Adriano por la planta ejecutiva. Cuando llegaron a la sala de doble hoja, la secretaria de gafas, elegante e impasible, apenas levantó la vista y la saludó cortésmente.
Adriano abrió la puerta lentamente.
—Puede pasar, señorita Natalia… —murmuró, apartando la mirada.
En cuanto ella cruzó la puerta con pasos vacilantes, las piernas temblorosas y el corazón a punto de salírsele por la boca, él cerró la puerta tras ella.
Natalia sintió el impacto de la sala incluso antes de obse