Después, Carlos la llevó a su despacho. Era amplio, con grandes ventanas. Se parecía al de Fernando, pero tenía un aire más acogedor. Antes de entrar, le presentó a Joana, su secretaria.
Joana era una señora de unos cuarenta años, de expresión e e simpática y mirada atenta.
—Trabajo aquí desde los dieciocho —dijo con orgullo—. Nací y crecí en esta finca y me siento orgullosa de lo que es hoy, un modelo para toda la región.
Carlos sonrió, asintiendo.
—Y sin Joana, nada funcionaría. Ella conoce