Mundo de ficçãoIniciar sessãoBarbara é chamada para resolver uma disputa de bens no Haras Appaloosa, do taciturno Nicolas, um homem amargo, abandonado pela noiva. Em meio a uma festa de casamento no haras, Bárbara se depara com o mistério que envolve o desaparecimento de Marilia e uma trama que a leva a desmantelar, com a ajuda de seu amigo promotor Fran, uma suposta quadrilha de roubo de órgãos humanos. Conseguirá Barbara salvar o Haras da ruína, libertar Marília e conquistar o coração empedernido de Nicolas?
Ler mais—Por tal motivo, nos vemos en la necesidad de presentar la solicitud de expulsión inmediata —dijo el rector, sentado frente a mí. Mis padres estaban a mi lado, rígidos, sin mover un solo músculo—, no contamos con la atención que Holly requiere.
Con sus últimas palabras, un silencio sepulcral cayó en la oficina. Mis manos temblaban en mi regazo, pero mantuve la vista baja. Me estaban expulsando. Había luchado contra mis propios pensamientos durante tanto tiempo, pero mis batallas internas me habían vencido. Ayer, todos mis intentos de controlar lo que sentía, explotaron. Ahora, por mi "fracaso", estaba perdiendo todo. Sabía que si el rector seguía hablando, mis padres no tardarían en explotar. Sentía el ardor de la mirada de mi padre, y en mi mente, podía ver el ceño fruncido y los labios apretados en una línea dura. Cada minuto de silencio aumentaba su tensión, y el rechinar de sus dientes, aunque no lo escuchara, lo sentía en el aire, como un presagio. Algo que terminaría mal. —¿No hay una forma de que ella sea simplemente suspendida? —preguntó mi madre, interrumpiendo el silencio, su voz era fría, pero intentaba sonar persuasiva—. Holly es una buena chica. Nos comprometemos a estar más al pendiente de ella. El tono de mi madre era casi de súplica, pero había en sus palabras un aire de desaprobación. Su mirada superficial apenas disimulaba su decepción. Como si todo esto, la expulsión y la vergüenza, fueran otro de mis defectos, algo que ella simplemente no podía entender ni justificar. Mientras ambos hablaban, yo clavaba las uñas en mis palmas, el dolor físico servía como distracción, una forma de lidiar con el terror creciente en mi interior. El rector suspiró y sacudió la cabeza, sin cambiar su postura profesional. —Lo lamento, pero es imposible —respondió él, ajustándose las gafas y volviendo a su escritorio. Miró a mis padres, pero sus palabras parecían ir dirigidas a mí—. Tenemos una responsabilidad con el bienestar de todos nuestros estudiantes, y creemos que una situación como esta puede ser mejor tratada en un entorno más adecuado. De hecho, tengo aquí algunos folletos de clínicas especializadas. Podrían ofrecerles un descuento, dadas las circunstancias... Mi corazón se hundió al oír la palabra "clínica". Las palabras "loca" y "dañada" parecían susurrarme desde esas páginas que el rector sostenía entre sus dedos. Eso pensarían todos. La paciencia de mi padre parecía agotarse con cada segundo. Su voz, cuando finalmente habló, salió como un susurro amenazante: —Levántate, María. Nos vamos. Sin más palabras, se puso de pie, y mi madre, obediente como siempre, lo siguió. Su mirada no reflejaba compasión, ni siquiera enojo. Era como si simplemente estuviera presenciando un desastre inevitable, algo que había aprendido a soportar con indiferencia. Me quedé rezagada un instante, intentando absorber lo que acababa de suceder, pero no tuve tiempo. Mi padre ya se marchaba, y yo sabía que debía seguirle. Recogí mis pocas pertenencias y los seguí por el largo pasillo de la universidad, sintiendo las miradas curiosas de algunos estudiantes. ¿Qué verían en mí? ¿Una chica que había caído en desgracia? ¿Un ejemplo de alguien que no supo aprovechar sus oportunidades? Mis pensamientos giraban en círculos, pero el nudo en mi garganta me impedía decir una sola palabra. No había nada que pudiera cambiar el curso de lo que ya había pasado. Una vez en el estacionamiento, mi padre entró rápidamente en su Mercedes. Subí al asiento trasero, mientras mi madre se acomodaba al frente. Respiré hondo y traté de calmarme, mirando la palma de mi mano marcada por las uñas, donde pequeñas manchas rojas delataban la presión con la que había intentado contener el miedo. Pero la calma no duró mucho. —¡Carajo! —gritó mi padre, golpeando el volante con frustración, su rostro enrojecido. Su grito resonó en el espacio cerrado del auto, y me estremecí al escucharlo—. Eres un maldito desastre, Holly. —Disculpa —murmuré, bajando la mirada. Sabía que no serviría de nada intentar explicar lo que realmente sentía. En su mente, todo era cuestión de disciplina, de falta de autocontrol. —Depresión y una m****a... —escupió la palabra como si fuera un insulto—. Lo que tienes es una gran falta de autoridad, de disciplina. —Me miró de reojo, con desprecio por el espejo que daba al retrovisor—. Desde que dijiste que querías estudiar Filosofía, supe que tu vida se iría a la m****a. ¿De qué sirve eso? No se vive de pensar. Tragué saliva, sintiendo que cada palabra era como una cuchillada. Podía soportar su desaprobación, pero la indiferencia hacia mi dolor era más de lo que podía asimilar. Él ni siquiera lo consideraba un problema real. Mi madre, al escuchar el estallido de mi padre, decidió intervenir, aunque su tono era tan frío y distante como siempre. —Quizás solo es falta de dirección —dijo, su voz calculada y lejana, como si mi vida fuera un experimento que no había salido bien. Mi padre giró hacia ella con furia. —Cállate. También es tu culpa que tengamos una maldición por hija. Su acusación cayó como una losa sobre el silencio. Ella no respondió, y el auto se sumió en una tensión tan densa que apenas podía respirar. Mi madre mantenía la vista fija en el parabrisas, y yo me hundía en el asiento, deseando desaparecer. Finalmente, tras unos minutos de silencio, mi padre habló otra vez, con un tono más frío, casi calculador. —Escúchame bien, Holly —dijo, sin girarse para mirarme—. No voy a gastar ni un centavo en un "loquero". No te lo mereces, y yo no voy a avergonzarme más por ti. Sentí un nudo en el estómago. Sus palabras eran una sentencia, un recordatorio de que yo no tenía opción. Que no podía esperar compasión, ni ayuda, ni un mínimo de comprensión. —¿Cuándo decidiste tomar todas esas pastillas, pensaste o al menos pasó por tu mente lo que dirían nuestras amistades? —mi madre retomó el tema, con voz fría y carente de emoción. —¿Qué...? —Intenté responder, pero las palabras se me quedaron atascadas. No tenía una respuesta que pudiera satisfacerla, y, en el fondo, sabía que nada de lo que dijera importaría. Para ellos, mi vida, mis decisiones, todo estaba ligado a cómo afectaba su reputación. Sin dejarme responder, mi padre continuó: —Nos has dado suficientes problemas. No tengo tiempo ni gastaré más dinero en tus desastres. Así que ya hemos decidido lo que haremos contigo. —pronunció y comenzó a conducir, dirigiéndose a un lugar que evidentemente no iba a mi hogar— Vivirás en el convento de las Hermanas de San Juan. Ahí estarás bajo control, y si tienes suerte, tal vez puedan enseñarte a no ser una completa decepción. Sentí como si un cubo de agua helada me cayera encima. ¿Un convento? Mi mente giraba, tratando de comprender lo que estaba pasando, tratando de procesar que, en lugar de ofrecerme ayuda, de intentar comprenderme, me estaban exiliando a un lugar que no entendía, que ni siquiera quería imaginar. Ese no era mi sueño. —¿Qué... qué significa eso? —murmuré, con la voz entrecortada. —Significa —dijo mi padre, con frialdad— que estarás allí hasta que aprendas a ser alguien decente. Y después, si eres "afortunada", te convertirás en monja. Pero esa será la vida que tendrás. Ya no tienes opciones. Y con esas palabras, me sentí completamente rota, sin más fuerzas para replicar. Había perdido todo control sobre mi vida. Mis decisiones ya no importaban; ahora era un simple peón en el juego de mis padres, alguien a quien podían moldear y castigar hasta que cumpliera sus expectativas. En ese mismo instante supe que todo estaba por cambiar, mi vida ya no era mía. No sabía qué significaba ir a un convento, no sabía si podría soportarlo. Pero lo único que tenía claro era que, en la mente de mis padres, yo ya había dejado de existir.A moça ruiva parou em frente à recepção de um Hotel de Luxo em Salvador, alisando a saia do vestido e entrando confiante.— Bom dia. Vim por causa do anúncio — disse à recepcionista.— Só um momento. Vou chamar a encarregada do R. H.Ela esperava impaciente, olhando ao redor, vendo os hóspedes estrangeiros chegando com várias malas, outros na piscina e outros ainda no bar. Ela sorria confiante.— Pois não? — Perguntou a senhora de cabelos curtos e óculos de aro grosso.— Olá. A agência Delta me enviou para entrevista.— Sei. Venha comigo — levou-a até uma sala ao lado dos elevadores.— Então, que experiência você tem em administração?— Esse é meu currículo. Tenho uma vasta experiê
Eu me encontrava assustada e agradecida por ter sido salva por Nick e Alan. Deus sabe o que senti tendo Bia me segurando e Caio prestes a injetar um paralisante cardíaco em mim. Mas ainda não estava pronta para falar sobre isso e achava que Nick também não estava. Saber que Marilia havia sido morta e que ele fora manipulado por Bia durante todo aquele tempo deve ter mexido com seu brio. Talvez estivesse se recriminando, sobremaneira, por não ter acreditado que a noiva nunca o abandonaria por outro. O melhor a fazer no momento era dar tempo ao tempo. Quando ele estivesse pronto para se perdoar e deixar o passado, talvez pudéssemos ter uma conversa franca e honesta. Entrei na casa e fui direto para o quarto. Olhei no espelho e quase desmaiei ao ver o tamanho do estrago que aquela maldita fizera em meu rosto. Estava todo preto e inchado. Nem maquiagem daria para esconder aquilo. Corri ao banheiro, e dei
Cheguei à Clínica pela segunda vez naquele dia e quase fora a última que a via. Encontrava-me furiosa, louca para confrontá-lo. Aquele cretino teria o que merecia assim que a polícia chegasse. Apertei o interfone ininterruptamente, até que o portão se abriu. Entrei correndo, dando de cara com a recepcionista, já pronta para sair.— Está de saída? — Pperguntei a ela, que me olhava espantada.— Estou. É meu horário de almoço.— Cadê o Alan?— Já foi faz uma meia hora. Por quê?— Tem alguém aqui? – perguntei pegando em seu braço.— O Caio ainda está lá dentro. Quer que eu vá chamá-lo?— Não! Não é preciso. Qual o seu nome? — Perguntei querendo me certificar de que ela
Minha vida havia virado de cabeça para baixo em quatro dias. Cheguei ao Haras fugindo de um relacionamento destruído e acabei caindo de bandeja no colo de um homem atormentado e abandonado por uma moça que eu julgara que morrera pelas mãos de uma quadrilha. Ainda que não fosse uma quadrilha de roubo de órgãos humanos, ainda sim uma quadrilha que supostamente calara Marilia. O que exatamente ela havia descoberto? E por que me fizera crer que havia recebido seu coração? Fran pedira para que me afastasse, entretanto as coisas não eram tão simples assim. Sei que não devia, que estava sendo imprudente, mas já não podia mais controlar as batidas do coração toda vez que olhava para Nick. E não era carência. Algo naquela rudeza mexia comigo. Algo naquele olhar duro que algumas vezes tornava-se doce, como quando estava em seus braços,
Último capítulo