—¡Ojalá nunca hubieras nacido!
Justo cuando mi madre estaba a punto de golpearme, Armando dio un paso al frente y se paró entre nosotras. Su figura alta y robusta frente a mi madre, con una presencia intimidante que la dejó paralizada por un momento.
—Señora, Esmeralda y yo solo somos compañeros de clase. Por favor, no difame a su propia hija de esta manera —dijo Armando con firmeza.
—Además, si ella es una desgraciada, ¿qué es usted?
—Y, ¿qué dijo ella en internet que esté mal? ¿Acaso no es cie