¿Y quién dice que estoy viva?

Tras el pesado maquillaje, se escondía un rostro que ocultaba las marcas de las noches en vela y el cansancio de un trabajo duro e indigno que apenas le permitía lujos, aparte de lo que el propio proxeneta le permitía. Bajo la luz del escenario, una lágrima recorría la mejilla de Sara Reese en llamativos rasgos, y, sin embargo, sin que se notara su dolor, mantenía esa falsa sonrisa, mientras saboreaba el agua salada que corría por su mejilla y entraba en su boca abierta.

Los hombres aplaudieron
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