Cesare Santorini se acercó a la mujer que, de pie bajo un árbol, miraba algo mientras sostenía aquella sombrilla blanca con una postura impecable. Sabía que en algún momento tendría que hablar con ella. Le debía explicaciones, también le debía disculpas, aunque eso era más complicado.
– ¿Puedo hablar con usted?
– ¿Tiene que ser ahora? – Ni siquiera se volvió para mirarle, aunque su corazón latía como loco de amor por él.
– ¡Sí, tiene que ser ahora!
– Lo siento. Ahora estoy ocupado. Vuelve en ot