A Cesare Santorini se le podía llamar de todo. Ya le habían llamado varios adjetivos poco convencionales, varias mujeres que habían pasado por su vida, pero nunca dejaría de ser un caballero.
No en extremo. Pedir disculpas a su mujer era lo mínimo que debía hacer, pero nunca diría que su amante le había seducido aquel día. No era ningún santo, y por supuesto era tan culpable como ella de lo que había ocurrido, pero hasta ese momento, tenerlos a los dos no era una intención. De hecho, cuando su