El hombre que se moría de dolor saludó con la mano a la gente que se cruzaba con él, pero sus rostros enrojecidos le decían que algo iba mal. ¿Estaba bien? Seguramente Cesare Santorini estaba enfadado. ¿Y dónde se había escondido su mujer después de aquello? ¿Por qué tuvo que hacerlo? ¿Por qué el impulso de intentar besarla? Había tantas preguntas sin respuesta que casi lo volvían loco. Por fin se recuperó y enderezó la postura, sintiendo aún parte del agudo dolor que le irradiaba hasta el estó