CAPITULO 92

—¡Por Dios! Te haré mía y jamás, óyeme bien, jamás te dejaré ir. —Mis palabras fueron tan desesperadas, tan posesivas por mi nuevo descubrimiento, que necesitaba hacerle saber que estaría ligada a mí por siempre. Sus días, sus noches y todo lo que la rodeaba, me pertenecían. Sería mía hasta que el aliento se nos fuera y todavía después si se podía.

Ya sin poder con

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