CAPITULO 119

Después de que hubiera tenido la mejor noche y el sueño más tranquilo en diez meses, el aroma de su piel hizo que abriera los ojos y constatase que todo era real.

Cuando bajamos juntos a desayunar y luego a la playa, tuve que armarme de valor para confesarle a Ana todo lo que había vivido cuando apenas era un jovenzuelo.

Respiré profundo para narrarle toda la historia. Ella solo me observó curiosa y expectante porque iniciara. 

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