Capítulo 32

Las voces pertenecían a dos jardineros.

—... te digo que ya han pasado meses desde la llegada del regalo imperial —decía uno de los hombres con tono conspirativo— y el general ni rastro de querer... ya sabes, aprovecharlo.

—Shh, no seas bruto —susurró el otro, asustado—. ¿Y si alguien te oye?

—¿Quién me va escuchar? Si aquí no hay nadie.

Dentro de la glorieta, Avelyne abrió los ojos, alarmada.

Bastian, a su lado, tensó la mandíbula.

—Además —continuó el primero—, seamos sinceros. Si tú o yo tuviéramos acceso a bellezas como esas, ya habríamos jugado con ellas hace rato. Ese hombre debe tener algún problema... ¿No será que, ya sabes... no puede?

Avelyne contuvo la respiración, estupefacta.

Bastian apretó los dientes, irritado.

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