Belinda
Diego no está enfadado sino furioso al leer la carta de renuncia que acabo de redactar y le entregue en sus propias manos.
Estoy asustada porque su mirada asesina se transformó en una carcajada. Dos segundos después automáticamente destrozó la carta en mi presencia.
—¿Quieres un aumento? ¿Más días libres?
—Sería lo que me corresponde por Ley, pero no se trata de eso. Ya le dejé los pendientes organizados.
Es todo lo que digo antes de dirigirme a la puerta, pero antes de rosar el picapor