—Me estás mirando, ¿verdad, linda? Mira su lengua —ronronea ella.
No puedo más. Agarro la botella y bebo; el ardor me golpea la garganta con fuerza.
Inker se ríe suavemente. —Las reglas son las reglas, nena. No puedes escapar de esto.
La culpa me carcome, pero el hambre entre mis piernas gana. Mis manos tiemblan mientras dejo el vaso; mi corazón martillea y sé que no puedo quedarme.
Me impulso fuera del sofá y empiezo a caminar hacia mi habitación. La puerta parece estar a una distancia imposib