Los elogios me alcanzan primero.
—Buena chica —uno de ellos alienta contra mi oído, con la voz espesa de lujuria—. Tragaste nuestro semen como una perra nacida para esto.
—Se lo tragó todo —coincidió el otro, acariciándome la mejilla como si fuera su mascota—. Perfecta damisela de carga.
Ambos se hicieron a un lado, con sonrisas de satisfacción curvando sus labios mientras observaban a los demás acercarse. El que había estado llenando mi coño se despatarró en el sofá, con las piernas abiertas y