Y entonces, me besa.
No es un beso suave. Es hambriento y posesivo. Su lengua se desliza contra la mía y me sabe a alcohol, a tabaco y a ella. Todo mi cuerpo se arquea hacia el suyo como si pudiera meterme bajo su piel… desesperada por estar más cerca.
Sus dedos se hunden más, uno deslizándose dentro de mí y casi grito contra su boca. Mi cabeza da vueltas. Mi visión se nubla.
—Oh, Dios mío —gimo entre besos, las palabras atropellándose—. Nunca… ninguna chica me había…
—Shhh —me corta ella, con